Investigadores coinciden en que los seres humanos modernos y los
neandertales, a pesar de tener diferencias anatómicas y genéticas,
llegaron a amarse, al menos sí de forma física. Los encuentros sexuales
pudieron producirse cuando el Homo sapiens llevó la tecnología del
Paleolítico superior en su migración fuera de África. El cruce favoreció
nuestra evolución y nos hizo más fuertes gracias
a la introducción de nuevas variantes de genes del sistema
inmunológico, esenciales para que el cuerpo pueda reconocer y destruir
los patógenos. Estos genes, los HLA, son algunos de los más variables y
flexibles de nuestro «código de barras». Nos permiten, por ejemplo,
sobreponernos a un vulgar catarro. Los antígenos se extendieron entre
los descendientes de las poblaciones mezcladas en Europa y Asia.
Una cosa lleva a la otra. Los encuentros amorosos entre las dos especies
humanas inteligentes explican que todos los seres humanos del planeta,
con la excepción de los africanos, poseamos en nuestro ADN la huella neandertal.
Entre el 2% y el 4% de nuestro genoma es su herencia. Lo sabemos
gracias a Svante Pääbo, del Instituto Max Planck de Antropología
Evolutiva (Leipzig), quien, con la colaboración de decenas de
investigadores de todo el mundo, entre ellos varios españoles, culminó
en 2010 la secuenciación del genoma del hombre de Neandertal.
Investigadores del Instituto Max Planck creen que los neandertales aprendieron a hacer joyas y herramientas sofisticadas de
los primeros humanos modernos con los que convivieron en España y
Francia hace 40.000 años. La capacidad de fabricar objetos y ornamentos
sugiere que podrían haberse comportado de una manera que, hasta ahora,
se pensaba que era exclusiva del hombre moderno.
Los neandertales se colgaban collares hechos con conchas, se maquillaban y, por si fuera poco, se adornaban con vistosas plumas de
aves, según un estudio internacional en el que participó el Consejo
Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). El empleo de plumas de
córvidos y rapaces como ornamentación para el cuerpo refuerza la idea de
que tenían pensamiento simbólico y los acerca aún más al Homo sapiens.
Los neandertales cocinaban y consumían regularmente una variedad de vegetales,
según un estudio del Museo Nacional de Historia Natural Smithsonian en
Fairfax (Estados Unidos). Los científicos han llegado a esta conclusión
tras examinar los dientes fosilizados de algunos de estos ancestros
humanos encontrados en cuevas de Irak y Bélgica. Entre los dientes
aparecieron restos de granos de almidón, raíces y tubérculos que habían
sido tratados antes de ser ingeridos. Esto sugiere que los neandertales
controlaban el fuego de forma muy parecida a como lo hacían los primeros
humanos. Además, en la Península ibérica ya comían marisco
hace 150.000 años, como pudo comprobar en Cueva Bajondillo, ubicada en
Torremolinos (Málaga), un equipo internacional con participación del
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
Uno de los remedios más populares contra los dolores de estómago o el
«mal cuerpo» en la actualidad es tomarse una manzanilla. Los
neandertales también lo hacían. No solo incluían en su alimentación una
gran variedad de plantas, sino que conocían sus cualidades curativas y nutricionales. La manzanilla,
probablemente cruda, les servía para tratar sus males. Un equipo de
investigadores de España, Reino Unido y Australia obtuvo la primera
prueba molecular de ese comportamiento gracias al análisis de restos
dentales de cinco neandertales de la cueva de El Sidrón, en Asturias.
Los neandertales tenían un gen que les permitía distinguir el gusto amargo, el que tienen la aquilea y la camomila.
Las pinturas rupestres de Altamira y de otras cuevas del norte de España podrían haber sido realizadas por neandertales y no por nuestros antepasados directos.
Una nueva datación, llevada a cabo con la técnica uranio-torio en 50
pinturas de once cuevas españolas (entre ellas las de Altamira, El
Castillo y Tito Bustillo), reveló que esa forma de arte primitivo es por
lo menos 10.000 años más antigua de lo que se creía y procede, por lo
tanto, de una época en la que los primeros Homo sapiens aún no habían
llegado a Europa o estaban en camino. El hallazgo supondría que las
famosas siluetas de manos en las paredes de las cuevas eran, en
realidad, una firma neandertal, no nuestra.
George Church,
un destacado experto en genética de la Universidad de Harvard, exponía
hace unos días en una entrevista a la revista alemana Der Spiegel la
posibilidad de abrir un debate para volver a traer al mundo al hombre de Neandertal. El científico decía que es técnicamente posible, ya que tenemos su ADN, pero apuntaba que semejante hito se enfrentaría a importantes problemas éticos relacionados
con los derechos y la seguridad de la madre y el niño, además de
requerir la aprobación social. La mujer que participara en ese proceso y
diera a luz al primer bebé neandertal moderno debería ser «extremadamente valiente». El investigador Carles Lalueza,
del Instituto de Biología Evolutiva y que forma parte del proyecto
Genoma Neandertal del Instituto Max Planck, valoraba la posibilidad en esta entrevista.
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