lunes, 24 de julio de 2017

La primera mujer sevillana a la que llamaron Giralda

La primera mujer sevillana a la que llamaron Giralda





Un documento en el archivo del Arzobispado data en 1571 el apodo de «Jiralda» aplicado a Juana Martín






La Giralda engalanada con grímpolas y gallardetes en un grabado
La Giralda engalanada con grímpolas y gallardetes en un grabado - ABC

Hasta ahora, la referencia escrita más antigua que designa como Giralda a la figura de bronce conocida hoy con el nombre de Giraldillo, data del año 1592 y la proporciona un manuscrito de la Biblioteca Colombina, como ponen de manifiesto Teresa Laguna e Isabel González Ferrín, en el libro «La Giganta de Sevilla». Algunos expertos han llegado a relacionar su significado con cierto mecanismo giratorio, o veleta, semejante al molinito de papel apuntado por el profesor Rogelio Reyes Cano. Otra interpretación distinta sugiere que pudo haber tomado el nombre de un personaje de la literatura cancioneril del Quinientos, reseñado en los romances como Gila Giralda, según los profesores Alfonso Jiménez y Solís de los Santos. Pero un nuevo hallazgo documental permite ahora adelantar la existencia del nombre, veinticinco años antes de la fecha brindada por la crónica, aunque lo asocia en este caso con una mujer de la ciudad. Cuando la victoriosa Giralda se encaramó a la torre el año 1568, era ya anciana una sevillana muy beata, domiciliada cerca de la Catedral, que tenía por nombre Juana Martín, a quien el pueblo curiosamente también llamaba la Giralda.

En el Archivo General del Arzobispado de Sevilla se conserva la portadilla de un expediente de capellanía fundada en la iglesia de Santa María la Blanca en 1571. Allí aparece enunciado que su constituyente había sido Juana Martín «la Jiralda» (sic). El contenido define cómo había de oficiarse la memoria de misas por la salvación de su alma, con el aporte económico de la renta que se obtuviera de una casa del barrio de Santa Cruz, ubicada en la calle del Horno. Además, dejó estipulado que el oficiante de las misas fuese un cura primo hermano suyo, llamado Pedro Delgado, hijo de su tío carnal, Pedro Martín.
Entre los libros del notario Gaspar de León conservados en el Archivo Histórico Provincial, hemos podido localizar varios testamentos que realizó en vida y diversos codicilos otorgados en 1571, año en el que falleció. Gracias a estos, sabemos que hubo de ser una feligresa asidua de Santa María la Blanca y la parroquia del Sagrario, a cuya Sacramental legó cierta cantidad económica. Estableció una importante amistad con algunos de los canónigos y otros ministros eclesiásticos de la Catedral. Su fervor le llevó también a contribuir con algunas religiosas, como lo testimonia el apoyo dispensado a su sobrina Leonor Martín, que terminó profesando como monja, y, sobre todo, a destinar buena parte de la fortuna que amasó a la obra pía que hemos descrito. Contrajo matrimonio dos veces. Su primer marido fue Francisco de Salamanca, con el que tuvo varios hijos. Tras enviudar, formalizó segundas nupcias con Andrés de Talavera, probable artesano de la cerámica. Tengamos en cuenta, que una de las escrituras de adjudicación de tributos suscrita por doña Juana señala el gravamen que ejercitó de una vivienda de la calle de San Jacinto a favor de la fábrica de Santa María la Blanca.

Giralda, nombre de mujer


Esta documentación descubierta no precisa si Juana recibía el apelativo en razón de su posible altura desmesurada, en caso de la similitud de su esbeltez con la figura de la torre o por tradición familiar. Era muy usual en aquel tiempo utilizar nombres de pila, o incluso alguno de los apellidos, como apodos. Nos hemos propuesto investigar, con rigor, si Giralda había llegado a ser empleado onomásticamente por las féminas en nuestra ciudad como el de Giraldo. Dos cartas de embarque al Nuevo Mundo, del Archivo de Indias, nos sirven para comprobar que Giralda todavía era un nombre femenino, e incluso apellido, en la Sevilla de los años finales del siglo XVI e inicios del XVII. Son los casos de Giralda Flores y Petronila Giralda, madres de personas que marcharon a América en 1602 y 1628, respectivamente. En el Siglo de Oro, pervivía todavía aquí el uso de un nombre cuya ascendencia se retrotraía a época medieval. En el antiguo reino de Aragón se documenta, en 1246, a Ápoca de Giralda Laxafarra, vinculada a un monasterio de Montearagón, del municipio de Quicena, en la provincia de Huesca. O el de Giralda Ciutadella, de la zaragozana localidad de Daroca, en 1389.

Giralda no era nombre de carácter profano sino sagrado como el de San Giraldo, un mártir godo de origen alemán, incluido en el santoral mozárabe hispalense desde los tiempos del rey Fernando III, como documentó hace unos años el canónigo archivero don Pedro Rubio. La Iglesia sevillana conmemoraba su festividad litúrgica el 13 de octubre, pese a hacerlo hoy el día 23 del mismo mes, junto a la de los obispos San Servando, San Germán y San Teodoro, de tan amplia tradición histórica en nuestra ciudad.

El nombre de Giraldo se prodigó en estas latitudes durante la segunda mitad del siglo XVI no con escasa frecuencia. Así lo hemos comprobado en padrones y partidas sacramentales de nacimiento, matrimonio y defunción de la parroquia del Sagrario. Uno de los paradigmas más llamativos lo constituye Giraldo Mayo, un francés casado con una sevillana en 1584 cuyo nombre honra lógicamente al célebre benedictino del país vecino San Geraldo de Aurillac. Su abadía se localiza en la ciudad del mismo nombre, de la región Auvernia-Ródano-Alpes, a los pies del camino hacia Santiago de Compostela.
La hija de Giraldo Gil -a nuestro entender- de Estupiñán, conquistador de la ciudad colombiana de Buga en 1555, se llamó Giralda Gil, como inmortalizó la coplilla popular antes citada. Esto nos hace pensar que las descendientes de los Geraldos que recibiesen la versión femenina del nombre tuvieron que terminar formalizándose como Gerardas. Esta palabra, que posee un origen etimológico alemán del tiempo de los godos, quiere decir lanza o guerrera audaz. Un significado bastante coincidente con lo que representa la figura de bronce bautizada en sus inicios como Giralda.
Dibujo realizado por Pedro Miguel Guerrero en 1770, con ocasión de una de las restauraciones



Dibujo realizado por Pedro Miguel Guerrero en 1770, 
con ocasión de una de las restauraciones- ABC

Triunfo de la Iglesia

Expresa una partida del Libro de Adventicios de la Catedral correspondiente al año 1568 que fueron necesarios hasta 18 moriscos para transportar desde el taller del fundidor, Bartolomé Morel, el enorme remate que «tiene por nombre la Fe Triunfo de la Iglesia». De este modo tan colosal, conmemoró Sevilla las distintas victorias que la monarquía hispánica había conseguido sobre los enemigos de la religión católica -terminado el Concilio de Trento-, como la cosechada contra los luteranos de la Florida en 1565. Justo el mismo año que se iniciaron las obras de recrecimiento del cuerpo almohade de la torre, bajo la dirección del arquitecto Hernán Ruiz. Sevilla proclamaba así a los cuatro vientos ser la salvaguarda de la fe, donde se habían gestado y promovido, como cabecera de la Armada, todos aquellas contiendas libradas en defensa de la fe católica, frente a una Europa contaminada de protestantismo o a otros lugares en los que se imponía el infiel musulmán.
Los atributos que exhibe la efigie giratoria no simbolizan las virtudes teologales propias de la fe (no lleva el cirio encendido, una iglesia por tiara, los Evangelios o las Tablas de la Ley en las manos ni el cáliz), sino que muestran otras cualidades relacionadas con la guerra, representadas por el casco y la coraza guerrera, reforzada con símbolos de fortaleza como las figuras de león que adornan el calzado. San Pablo lo dijo: «Revestíos de la armadura de Dios», invitando con ello a tomar las armas guerreras para defender la fe. Entiéndase bajo una clave espiritual para la Iglesia militante que tanto prevaleció en aquel momento posconciliar. La profesora Morón de Castro defiende que el Cabildo Catedral trató de convertir una figura que es, a su juicio, una alegoría de la virtud de la Fortaleza, en una imagen de «Fe triunfante». Argumenta que esta fue la razón por la que se pintó, ya luego, una vez terminada de fundir, un cáliz sobre el escudo que se ha borrado con el tiempo.
No pueden pasar desapercibidos los atributos bélicos que con tanta maestría encarnan en esta «Mujer guerrera» una perseverante actitud combatiente, muy bien estudiados por la profesora María Jesús Sanz. Su plasmación se inspira claramente en la mitología clásica, tan común en las pinturas de la corte de Felipe II, y nos muestra a la diosa Palas Atenea muy similar al de una estampa de Marcantonio Raimondi, que identificó en su momento el profesor Juan Miguel Serrera. Pero la figura de la Giralda tampoco se aparta demasiado de la alegoría femenina que simboliza a la monarquía hispánica en el cuadro de Tiziano, titulado «La religión socorrida por España», en el que luce una coraza (sustituida por la túnica en el grabado de Giulio Fontana). Por tanto, aquí solo caben dos interpretaciones: que simbolice el triunfo de un catolicismo combatiente o la victoria del imperio universal español sobre otras creencias. Orgulloso tuvo que sentirse el propio rey, Felipe II, cuando vino a Sevilla en 1570 y subió a la torre donde aparece inscrito como «Dueño del mundo».

Faro del río

Los relieves que decoran la torre están orientados hacia los 32 vientos que conocían los navegantes del siglo XVI. En aquella Sevilla portuaria, dependiente del río, la funcionalidad de esta veleta monumental resultó crucial. Desde muchas millas, se avistaba el anuncio de la Giralda y la marinería podía prever la orientación dominante, pues se hizo giratoria hacia todas las regiones para detectar la tempestad del cielo, como significa la propia inscripción laudatoria de la torre.
Pero lo que no deja de ser sorprendente es que al Giraldillo lo conociesen en sus orígenes con el sobrenombre popular de «la Santa Juana». ¿Tendrá que ver algo con nuestra Juana Martín, aquella sevillana que, por los mismos días en que se modelaba, también llamaron la Giralda?

martes, 20 de junio de 2017

Los Dominicos y la Advocación del Dulce Nombre de Jesús en Andalucía


Resultado de imagen de LOS DOMINICOS Y LA ADVOCACIÓN DEL DULCE NOMBRE DE JESÚS EN ANDALUCÍA


ARANDA DONCEL, Juan (coord.):

LOS DOMINICOS Y LA ADVOCACIÓN DEL
DULCE NOMBRE DE JESÚS EN ANDALUCÍA

Edita: Archicofradía del Dulce Nombre de Archidona (Málaga)
Impresión: Litopress. Ediciones Litopress. Córdoba, 2017
ISBN: 978-84-946783-8-7

Obra completa:

https://drive.google.com/file/d/0B10dWCho6_G2aE5IM0ZQcXB0S28/view?usp=sharing





-o-o-o-

jueves, 15 de junio de 2017

Javier Macías: Cuando el Corpus era la fiesta grande de Sevilla (ABC 14 de junio de 2017




Cuando el Corpus era la fiesta grande de Sevilla

Si comparamos la Semana Santa y el Corpus, hoy en día a esta segunda fiesta no cabría darle el apelativo de «grande» en Sevilla, ya que ha perdido con los años el componente popular 

 



El Corpus no es hoy, ni siquiera, un reflejo de lo que llegó a ser a nivel popular. Si antes se trataba de una fiesta en la que la gente acudía en masa y que se celebraba en todos los barrios, desde hace décadas vive un proceso de desligamiento de la ciudad, cuya celebración se circunscribe a las calles por las que pasa la procesión y aledañas.
Aunque el Ayuntamiento ha conseguido en los últimos años darle un impulso a las vísperas, hace varios siglos, el Corpus era la fiesta grande de Sevilla. En todas las collaciones de la ciudad se vivían verbenas. “Actualmente existe una decadencia del espíritu festivo”, según indica Vicente Lleó Cañal.
Este autor, en su libro “Fiesta grande: el Corpus Christi en la Historia de Sevilla”, cuenta que “todavía hoy, cuando el Corpus Christi era un pálido reflejo de lo que fue, cuando la magnífica liturgia elaborada y refinada a lo largo de los siglos ha sido paulatinamente abandonada por desidia y mala conciencia, cuando, en fin, el proceso de desintegración social ha corroído la propia idea de la fiesta clásica como una actividad colectiva donde todo el mundo es a la vez partícipe y espectador; que hoy todavía ese ‘Jueves que reluce más que el Sol’ siga atrayendo a millares de sevillanos, constituye la prueba más fehaciente de que la fiesta grande, por antonomasia, no ha muerto del todo“.
Mientras la Semana Santa quedaba circunscrita a un sector minoritario de la población, la llegada del Corpus transformaba la ciudad. Pero… ¿cómo era aquel Corpus?
Lleó Cañal señala que “desde muy pronto”, la fiesta tuvo dos pilares: el oficial –los cabildos secular y religioso– y el popular, “institucionalizado a través de los gremios y hermandades que concurrían a la procesión con estandartes, efigies de sus santos patronos y pasos alusivos a episodios sagrados, que costeaban las danzas y figuras grotescas y que, finalmente, organizaban en las distintas collaciones las importantísimas y hoy olvidadas fiestas de la octava del Corpus”.
Y es que se conoce que ya en el siglo XVI, los vecinos se admiraban de los “artilugios mecánicos” que se instalaban en muchas plazas de la ciudad. Una crónica de Ariño, de 1596, así lo atestiguaba: “hubo tanto que ver, que para referirlo fuera poco una mano de papel”. Cuenta que “había un arco hecho en la calle de Catalanes de diversas cosas, con muchas fuentes de diversos manjares que puestas las gallinas asadas y rellenas y pavos y copones, pasteles, queso, aceitunas y ensalada, cayó todo el mantenimiento boca abajo, de suerte que estaba todo en el aire, y dentro del arco mucha música”. Una auténtica velá.

La pasarela más antigua de Sevilla

Siglo XV. La fiesta del Corpus se confirmaba en Sevilla. Se trataba de una procesión que hacía de espejo de la ciudad, diferenciando autoridades, antigüedades, clases sociales, gustos estéticos y hasta mentalidades. Como indica el historiador Manuel Jesús Roldán, “la más antigua pasarela sevillana”.

El cortejo presentaba una gran riqueza, con mozos cantores, órganos portátiles, personajes alegóricos vestidos de profetas o incluso “la Roca”, una tarima móvil donde se disponía todo un conjunto teatral en vivo, que representaba autos sacramentales. También había figurantes que representaban a santos, ángeles y evangelistas, y todo ello acompañado con efectos especiales como cohetes, luces o la salida de la luna y el sol.

El Abad Gordillo escribió que era la procesión “más alegre y festiva que se conoce en el Reino”. Porque, a todos esos figurantes y efectos especiales, se le unía la tarasca: un enorme monstruo de siete cabezas en torno al que desfilaban las mojarrillas, una especie de monstruos salvajes que incluso golpeaban al público. Era la forma de representar la huida del demonio y los vicios de lante del Santísimo Sacramento.
El desvirtuamiento de la fiesta popular vino causada tras el Concilio de Trento, cuando se convirtió en ortodoxo lo que era popular y, también, durante el Siglo de las Luces hubo una ‘intransigencia’ para distinguir lo sagrado de lo profano”. Así lo relata Lleó Cañal, que cree que “al cercenar el componente caravalesco, infligían una herida también a su componente sacro, herida de la que aún hoy se resiente”.

De aquella fiesta hoy no queda nada más que el componente religioso, un cortejo tedioso, donde está representada la Sevilla oficial, pero ya no es espejo de la ciudad. Ya no hay multitudes de personas, ni velás en los barrios. ¿Se imaginan, hoy en día, una ciudad transformada, llena de actividades en cada uno de las collaciones, el día del Corpus Christi?

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla

viernes, 2 de junio de 2017

Un litigio de orden de 1766. Pilas y Villamanrique mantuvieron un enconado pleito en los tribunales eclesiásticos de Sevilla


UN LITIGIO DE ORDEN DE 1766

JULIO MAYO

ABC de Sevilla. Viernes 2 de junio, pp. 39-40.

Pilas y Villamanrique mantuvieron un enconado
pleito en los tribunales eclesiásticos de Sevilla




A cuenta del lugar preeminente que deseaban ostentar en la procesión, las filiales de Pilas y Villamanrique mantuvieron un enconado pleito en los tribunales eclesiásticos de Sevilla, superada ya la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la romería comenzó a experimentar cierto apogeo. En 1766, la de Pilas acudió al Arzobispado para obtener la aprobación de sus Reglas, conforme a los dictámenes establecidos por la autoridad religiosa. El expediente, que se conserva en la sección de Justicia del archivo diocesano precisa que el pileño, Juan Muñoz de Suarte, fue quien realizó la tramitación burocrática, en representación de la Hermandad de Nuestra Señora del Rosío, que se hallaba establecida en la parroquia de Santa María la mayor de la localidad sevillana.

Pilas aspiraba a ocupar el primer puesto de las filiales porque Villamanrique no cumplía con los requisitos canónicos exigidos, pues sus Reglas no estaban ratificadas por el ordinario eclesiástico sevillano. Denunciaron los pileños que la de Villamanrique no se hallaba constituida dentro de la diócesis e infringía las normas de forma flagrante. «Es cosa sabida –expresa el litigio– que la dicha villa de Villamanrique es sujeta en lo eclesiástico al Priorato de León». Desde el surgimiento de la población, en el siglo XVI, perteneció a la orden militar de San Marcos de León, cuyo obispo-prior era de la orden de Santiago, con sede en Llerena (Badajoz), hasta que en julio de 1873 quedó disuelta. 


Aquella irregularidad se solapó muchos años gracias al favor de la hermandad de Almonte, cuyos dirigentes consintieron la participación pese a estar incardinada en otra jurisdicción. El proceso incluye la réplica de Villamanrique, que alegó ser la primera que recibía las andas de la Virgen, al salir, después de la de Almonte, además de ser la última en devolvérselas a los almonteños, antes de entrar. 


El Simpecado de Pilas por el Real del Rocío.

Pero el 7 de marzo de 1766, el gobernador eclesiástico don José de Aguilar y Cueto, que tanto luchó porque las hermandades legalizaran sus reglamentos, envió una petición a la hermandad de Almonte, en nombre de la cofradía de Pilas, anunciándole que la reestableciesen al mismo lugar que poseía en la procesión de Pentecostés, porque «se han hecho autos sobre aprobación de la Regla, que por no haberse descubierto la antigua firmaron para régimen y gobierno, la que por mí ha sido aprobada». 

Sin embargo, Pilas temía que Almonte continuase favoreciendo a la otra filial litigante e incumpliese esta orden. Puntualiza la demanda que la de Almonte, «unida con la congregación de la de Villamanrique, quiere darle a esta preferencia en la iglesia y procesión que se ha de celebrar en dicho día, por motivos particulares que tienen entre sí».

La referencia más antigua que poseíamos relativa al orden nominal de las filiales, nos lo había proporcionado la Regla Directiva de la ilustre hermandad de Almonte, fechadas el 7 de agosto de 1758. El capítulo sexto, que trata sobre las hermandades de otros pueblos, enumera «las de Villamanrique, Pilas, La Palma y Rota, y en las ciudades de Moguer, Sanlúcar de Barrameda y el Gran Puerto de Santa María, cuyas siete Hermandades concurran anualmente, con la de esta villa [de Almonte] el día de la Fiesta»

Y añade curiosamente: «que la que faltare, con su asistencia un año, y no hisiere constar con justificación a las demás, el justo motivo que se lo impida, haya de perder su antigüedad, y se ponga después de la última, y más moderna Hermandad».

En las primeras décadas del siglo XVIII, tuvo que faltar alguna a la procesión sin justificación convincente, viéndose obligada la almonteña a establecer un acuerdo entre todas, recalca el auto, «por el que pierde la antigüedad la hermandad que faltare dos años. Firmado en la Ermita de Ntra. Sra. de las Rocinas, el 4 de junio de 1724», con las firmas de Sanlúcar de Barrameda, Villamanrique, Pilas, La Palma y Moguer.

El contencioso revela que la más antigua de todas era la de Sanlúcar de Barrameda y que esta perdió su sitio, entre 1724 y 1758, a causa de algún inconveniente importante que desconocemos. Tras faltar más de dos años, la sanluqueña quedó relegada al final de todas, razón por la que figura posicionada en el sexto lugar, en las Reglas de 1758, antes del Puerto de Santa María, que igualmente pudo no haber asistido algún tiempo.

En el procedimiento se recrea parte del programa festivo que se seguía en la procesión de Pentecostés, fuera de la liturgia. La Señora salía de la ermita de manos de capellán, y este entregaba el paso a la hermandad matriz para, a su vez, cedérselo a la filial primera. Por orden de antigüedad iba cada una cumpliendo con el relevo «disparando primero los fuegos, recibiendo en sus hombros la Virgen Santísima antes y bailando danzas». Al regreso, la más antigua le cedía el paso a la de Almonte, cuyos cofrades introducían la imagen dentro de la iglesia con la danza de rigor.


JULIO MAYO, HISTORIADOR