viernes, 10 de marzo de 2017

J. Mayo Rodríguez: "¿Por qué está el rey Fernando III en el escudo de Sevilla"


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Porque es su creador y fundador. Fernando III protagonizó la gestación de una ciudad de nueva creación, que no guardaba ninguna relación con las antiguas Hispalis ni Isbilia, aunque en ella perviviesen comunidades humanas y elementos de variada naturaleza relacionados con civilizaciones anteriores. Se trata, por tanto, de una fundación nueva con un entramado urbano, un sistema político, una organización social e institucional completamente distinta de las del pasado, lógicamente sin vínculo estrechado ninguno con lo anteriormente establecido.
Pero Fernando III no sólo representa la fundación, sino que encarna a la mismísima Corona, de cuyo proyecto estatal Sevilla fue desde aquellos orígenes uno de los pilares fundamentales. La presencia del rey Fernando III en el escudo municipal se debe, estrictamente, a razones relacionadas con el acontecimiento histórico.
El responsable intelectual del diseño heráldico del escudo hispalense no se dejó llevar por sentimientos ni ideologías. Se limitó a recoger, e inmortalizar, de modo esquemático los símbolos que mejor podían ayudarnos a entender el acontecimiento histórico más importante de la ciudad: su fundación. Recurrió a introducir un personaje que, con su acción política, acabaría luego determinando toda la evolución histórica posterior de la ciudad, y que durante muchos siglos gozó una popularidad legendaria, a quien, además, el pueblo atribuía la heroicidad de la gesta. En la mentalidad medieval, la prosperidad de un pueblo dependía de su rey, en quien poseía depositadas todas sus esperanzas. El blasón municipal de Sevilla muestra a su fundador, que también fue rey de Castilla y León. Los habitantes de la nueva ciudad vieron en el rey un símbolo de la unidad y cohesión territorial del nuevo Estado.
Las alegorías alusivas a la Iglesia que aparecen en el escudo hacen referencia a una institución básica que participó, de modo activo, en la construcción política y cultural de la ciudad, mucho más allá de su cometido desde el punto de vista de la propagación de la fe. Que si hubiesen sido sus protagonistas los luteranos o islámicos, lógicamente se hubiese tenido que representar en él. La cuestión no es que fueran unos u otros, sino los que fueron. Los escudos no son más que una representación simbólica lo más elocuente posible de la historia de la ciudad. Sin entrar a enjuiciarla.
El escudo está llamado a ser el primero de los documentos administrativos que mejor expliquen cuál fue la organización de nuestras sociedades en el pasado. El sevillano recoge agentes que participaron directamente en la gestación de la metrópolis. Exhibe unos símbolos que son rápidamente descifrables, sin que sea necesario estudiar historia en la universidad para identificar a los protagonistas. En síntesis, se trata de un documento gráfico válido tanto por su contenido como por su fácil comprensión, con independencia de la condición sociocultural de quien lo observe.
Una cuestión diferente es que la evolución posterior permita al diseñador heráldico poder añadir algunos símbolos más. Pero en ningún caso reemplazarlos ni sustituirlos. Eso iría en contra de la Historia, como disciplina. Pasado el tiempo, el historiador puede plantear la posibilidad de incluir un nuevo elemento, pero no erradicarlos, porque ello constituiría renunciar a los orígenes de nuestra historia, nos guste más o menos. Esto no es cuestión de opiniones, ni de sentimientos. No podemos pretender que Sevilla tenga un escudo con una simbología que no aluda a su historia. Que renuncie a su dilatado pasado. Debido a la gran tradición histórica de España y Europa, nuestro sistema heráldico se ha decantado más por el uso de la representación de agentes humanos que participasen en los primeros momentos de la construcción. Totalmente distinto, al empleo de alegorías de entornos naturales, como las usadas en los casos del nacimiento de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas.
Heráldica e historia caminan juntas. Si no se modifican las normas heráldicas, es muy poco entendible que el escudo de un ente político, o administrativo, deba de estar actualizándose continuamente según el momento presente. Es que en lugar de llamarme Alberto, me gustaría llamarme Antonio. Actualmente se puede cambiar. Pero lo que no podemos hacer es alterar nuestra identidad porque de ese modo tergiversaremos la auténtica personalidad de la ciudad. Destronar a Fernando III del escudo municipal es despojar al blasón del verdadero origen de Sevilla
Julio Mayo, Historiador



J. Mayo: Falsa Casa-Museo de Murillo (ABC de Sevilla, 6 de marzo de 2017)

FALSA CASA-MUSEO DE MURILLO

JULIO MAYO - ABC de Sevilla, lunes 6 de marzo de 2017, pp. 84-85.

https://drive.google.com/file/d/0B9C8YpHPNJaSTzBfc2NucXhJVHM/view?usp=sharing


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Las fechas conmemorativas son muy oportunas para difundir nuestra historia, pero no deben emplearse para contaminar el pasado de confusiones ni leyendas dañinas. Y lo decimos, porque no es cierto que el pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo viviese los últimos años de su vida, donde el Instituto Andaluz del Flamenco ha establecido su sede. Así reza una placa de acero inoxidable fijada a la pared del zaguán de la casona de color almagra claro, que se halla ubicada en el barrio de Santa Cruz, frente al convento de las Teresas, en cuya fachada predica un óvalo metálico que es la Casa Museo de Murillo. En caso de que lo hubiese sido, que no lo fue, debió serlo un único año. No todos los últimos de su vida.

En el Padrón de las personas que han de cumplir con el precepto de la confesión y comunión en esta Parroquia de Santa Cruz del año 1682, figura afincado en la casa número 3 de la calle entonces denominada de la Puerta pequeña. Junto a él se encontraban avecindados, su hijo Gaspar, en aquel momento clérigo menor aunque luego llegó a ser canónigo, una tal Ana María y un tal José Cano, probablemente personal del propio servicio doméstico. De los cinco hijos y cuatro hijas que había tenido, sobrevivieron pocos. 

Con él, nada más, se encontraba don Gaspar, pues una de sus hijas había ingresado como monja en el convento sevillano de Madre de Dios. Murillo tenía 65 años y era viudo desde hacía más de veinte. Y aunque se desconoce la causa por la que alcanzó el privilegio de alojarse en esta morada, adyacente a la iglesia filial de la catedral, demolida y trasladada a la calle Mateos Gago en el transcurso del siglo XIX, es muy posible que este paradero reuniera las mejores condiciones para su retiro, después de la gran caída que sufrió pintando un lienzo para la iglesia de los Capuchinos de Cádiz, un año antes, en 1681.  No se sabe si el accidente se perpetró aquí en su estudio, o allí en la bahía. Lo cierto es que, tras el golpe, optó por regresar a la collación de uno de los principales centros de su vida mística y espiritual.

La relación estrecha del clan familiar de los Murillos con la institución eclesiástica –pues su primo hermano Bartolomé Pérez Ortiz llegó a ser canónigo y algunos otros tíos suyos fueron frailes dominicos, como fray Bartolomé Murillo–, y los notabilísimos trabajos que el maestro realizó para la catedral, pudieron haber influenciado en las facilidades que los dirigentes clericales le brindaron para instalarse en el barrio preferido para residir por los curas y prebendados de la catedral. 

Sus calles estrechas, abrigadas por la muralla que va hacia el Alcázar, deparaban un recogimiento mucho más propicio que el inquietante bullicio de otros lugares transitados de aquella populosa Sevilla. Así lo demuestra el hecho de que, en el entorno de sus callejas, se instalase el hospital destinado a acoger a los sacerdotes ya ancianos y venerables. No perdamos de vista que el máximo responsable del cuidado y mantenimiento de los cuatro templos que auxiliaban a la catedral (San Roque, San Bartolomé, Santa María la Blanca y Santa Cruz) fue, entre 1655 y 1682, el canónigo Justino de Neve, amigo personal suyo y promotor de importantes proyectos artísticos.

Murillo y su familia, que habían mantenido una gran relación con Santa Cruz, como feligreses entre 1659 y 1662, vivieron luego casi dos décadas en la calle San Jerónimo, de la parroquia de San Bartolomé. Estando empadronado allí, pintó los cuatro lienzos del hospicio de los Venerables en 1678.

Su funeral se ofició, el 4 de abril de 1682, en la iglesia de Santa Cruz. Según la anotación de su partida de defunción, se enterró en uno de los cañones de bóveda propios de la fábrica, sin más ostentación. Cuentan las crónicas que el sepelio constituyó todo un acontecimiento popular y que portaron su féretro dos marqueses y cuatro caballeros de órdenes militares.


Partida de defunción de Bartolomé Esteban Murillo. 
Libro de defunción núm. 2 (1679-1750) del archivo parroquial de Santa Cruz de Sevilla


Confusiones sobre el domicilio

Fue el cronista sevillano Félix González de León quien engendró el equívoco, en 1839, al publicar que Murillo vivió los últimos años de su vida y murió en una casa de la calle Santa Teresa, que se encontraba justamente enfrente del convento de las monjas carmelitas, en el libro Noticia del origen de los nombres de las calles de Sevilla. Apoya su tesis en unos apuntes de su propio abuelo, que decían así«El día 3 de abril de 1682 murió en la casa que está enfrente de las monjas Teresas el famoso pintor don Bartolomé Esteban Murillo. 


Este pintor fue íntimo amigo de mi abuelo –tatarabuelo del historiador–, por lo que le pintó y regaló el retrato de mi abuela que está en el comedor». De este modo, González de León, rebatió la propuesta planteada por el viajero romántico Richard Ford unos años antes, en 1831. Este escritor inglés, señalaba como vivienda una de la casa de los Alfaros, en la plaza del mismo nombre, que hacía esquina con la actual del Agua. Difundió hasta un dibujo de ella. 


A partir de entonces, el deán López Cepero, Amador de los Ríos y Gómez Aceves, insistieron en catalogar el palacete de los Alfaro como el lugar donde había fallecido Murillo. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, los académicos de Bellas Artes y otros intelectuales románticos, como Tubino y Reinoso, concluyen que la casa está en la plaza de Alfaro, pero en la acera que colinda con la plaza de Santa Cruz. Esta propuesta la difundió también el pintor argentino José Miguel Torre Revello, quien copió el texto de una lápida de mármol que se instaló en el número dos de la plaza de Alfaro. Aunque parecía un hogar demasiado humilde y algo reducido, Santiago Montoto consideró, ya en el siglo XX, como buena la nueva designación del espacio en el que pudiera haberle llegado el óbito.



Pero hace escasas décadas, el profesor Diego Angulo Íñiguez recobró aquella sugerencia iniciática de González de León, que señalaba la casa frontera al convento de las Teresas como emplazamiento de su expiración. El eminente historiador del arte, expresa, en el primer tomo de su estudio sobre Murillo, que ambas teorías son conciliables porque pudo haber fallecido en esta casa aunque no hubiese vivido en ella. La publicación de este voluminoso trabajo, en 1981, a solo un año de la celebración del III Centenario de la defunción de Murillo (1682-1982), colmó de argumentos a la Junta de Andalucía para centralizar en este inmueble, de la calle Santa Teresa, buena parte de las actividades de la efeméride, después de haberlo adquirido en 1972.

Nuevas revelaciones documentales

Antes de que la iglesia de Santa Cruz fuese derribada en las primeras décadas del siglo XIX, su puerta principal se abría hacia la calle Santa Teresa. A partir de ella se articulaba un cuerpo de naves, extendido desde el acerado del consulado de Francia hasta el de las murallas que buscan el Alcázar, aunque sin llegar del todo a aquel extremo. En la parte más oriental de la plaza, hacia el borde de la glorieta ajardinada donde está la cruz de forja, se alineaban la torre y una cupulita que cubría el ábside y el presbiterio, según muestra el plano de la ciudad mandado hacer por Pablo de Olavide en 1771. En este mismo documento cartográfico, se comprueba que el templo estaba rodeado por un carril con salidas hacia la calle Mezquita y plaza de Alfaro, respectivamente. Pero además, desvela que por el lateral de la iglesia discurría una callecita estrecha que comunicaba la calle de Santa Teresa con la plaza de Alfaro. La misma que los padrones llaman de la Puerta pequeña o Puerta chica, en razón del portoncillo que se abría hacia ella desde la iglesia.
Con el objeto de esclarecer qué calle fue aquella de la Puerta chica en la que habitó Murillo, hemos cotejado minuciosamente numerosos libros padrones del archivo parroquial de Santa Cruz. La consulta sistemática de estos censos, de manera secuenciada, nos permite reconstruir la evolución del nomenclátor de la calle y su parcelación inmobiliaria. En los siglos XVII y XVIII mantuvo prácticamente el mismo nombre. De Puerta pequeña, pasó a referenciarse como Puerta chica.

Es en el año 1800 cuando aparece asentado un nuevo nombre para la vía: calle de Santa Cruz. Curiosamente el mismo que posee, signado ya, en un padrón militar del Archivo municipal, fechado en 1714. Desde las últimas décadas del siglo XVII, eran tres casas las que integraban la referida calle de la Puerta chica. La primera de ellas estaba dentro de la propia iglesia y las demás en el corto tramo de la calleja. Los padrones de inicios del siglo XIX, cuando la iglesia ocupaba aún gran parte de la plaza y no había sido demolida, registran todavía anotados los mismos tres inmuebles que enuncia el padrón de 1682, cuando falleció Murillo, con la particularidad de que los sitúa, lógicamente, en la calle de Santa Cruz, pero separándolos claramente de los descritos en la «Plazuela de Alfaro» y «Callejón de Alfaro». Se comprueba así que el artista, antes de fallecer, no ocupó ningún inmueble de la calle de Santa Teresa ni de la plaza de los Alfaros.

Murillo vivió dentro del mismo inmueble que ocuparían años después otros sacerdotes emblemáticos de Santa Cruz. Francisco de Paula Baquero, Cartaya del Barco y hasta el propio Félix José Reinoso, se domiciliaron en esta misma casa que pertenecía a la propiedad del cabildo catedralicio, tal como testimonian diversos documentos del Archivo de la catedral y el propio Padrón de fincas urbanas de 1795, localizado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. 

Este documento urbanístico nos ha servido de igual modo para acreditar que la casa ocupada por Murillo, en 1682, tuvo que hallarse enclavada en la manzana de casas del tablado flamenco de Los Gallos, formada entre las plazas de Santa Cruz y Alfaro. Su casa estaba muy cerca de la que muestra ahora, en su fachada, las letras de bronce puestas por la Academia de Bellas Artes el año 1858, en recuerdo de su enterramiento en la iglesia destruida de Santa Cruz.




Registro del padrón del inmueble núm. 3 de la calle Puerta pequeña


Al final, pasará como en Madrid. La Administración reunió a tropecientos arqueólogos para que sondeasen el paradero de los huesos de Cervantes en la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas, mientras que la búsqueda de la exhumación en legajos se la encomendó solo a un historiador. Pero con una limitación. 

Que lo hiciera en dos días. Antes de que el Ayuntamiento sevillano hubiese designado el edificio de la calle de Santa Teresa como centro oficial para acoger los actos del IV centenario del nacimiento de Murillo (1617-2017) –van y eligen donde dicen que falleció–; lo lógico es que, con anterioridad, hubiese promovido un trabajo serio de investigación documental que ratificase, o descartase, si ciertamente el genio llegó a vivir tantos años en este palacio de la Junta de Andalucía. Este tratamiento no lo merece uno de los máximos exponentes de la pintura barroca del Siglo de Oro español, que tuvo la habilidad de colmar, a un mismo tiempo, las apetencias de las élites y el pueblo llano, al que conquistó profundamente, quien por excelencia y aclamación popular es el Pintor de Sevilla.


(*) JULIO MAYO. HISTORIADOR

martes, 28 de febrero de 2017

Conferencia. José Gámez Martín: "El paso de palio, sinfonía sevillana para Virgen".

Conferencia de José Gámez Martín:

"El paso de palio, sinfonía sevillana para Virgen".
Jueves 9 de marzo de 2017.
18 horas.

Real Círculo de Labradores de Sevilla 
(calle Pedro Caravaca 1, Sevilla).
Organiza: Curso de Temas Sevillanos.

sábado, 18 de febrero de 2017

Fuero 250 (1767-2017). Congreso Internacional 250 Aniversario de la Fundación de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía.

Fuero 250 (1767-2017). 

Congreso Internacional 250 Aniversario de la Fundación de las Nuevas Poblaciones 
de Sierra Morena y Andalucía.


Fase 1. Del 19 al 22 de octubre de 2017.
Fase 2. Del 9 al 11 de marzo de 2018.

Acceso al programa:


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miércoles, 8 de febrero de 2017

Julio Mayo.- Una década del histórico V Centenario de Consolación

Una década del histórico V Centenario de Consolación

Julio Mayo


Este 25 de enero se han cumplido ya diez años de la visita oficial que realizó a Utrera el hoy rey de España, entonces Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, para recibir el nombramiento honorífico que le concedió el Ayuntamiento con motivo de la celebración del V Centenario de la llegada de la Virgen de Consolación a nuestro pueblo, en 1507. 
Utrera festejó la efeméride del origen cultual de su patrona con un programa amplio de actos religiosos, gracias a la declaración del primer Año Santo Jubilar en su santuario, así como la disposición simultánea, también, de un sinfín de actividades sociales y culturales promovidas por el propio Ayuntamiento.
Una década del histórico V Centenario de ConsolaciónLa corporación municipal designó como encargado de coordinar los eventos celebrativos al utrerano Salvador de Quinta Garrobo, director de la prestigiosa revista Vía Marciala. Un escritor que, sin llegar nunca a ser político, destacó por desarrollar una abundante labor cultural. Fue un auténtico dinamizador sociocultural y demostró, con creces, atesorar unas cualidades realmente extraordinarias como agente cultural y saber desenvolverse como un inspiradísimo intérprete del pasado local.
En el caso de Consolación lo tenía muy claro. Para él, la Virgen era la misma historia del pueblo. Así lo dijo en su Pregón de las Glorias de 2013. Una de las acciones que promovió el bueno de Salvador fue encomendarnos a los historiadores Salvador Hernández y al autor de estas líneas un trabajo de investigación por archivos sevillanos y nacionales que profundizase en la disección de todo el complejo fenómeno devocional que representó, en siglos pasados. 
Fruto de esta iniciativa llegó luego, en 2008, nuestro libro «Una nao de oro para Consolación de Utrera», en el que documentamos la identidad del indiano que regaló el barquito a la Virgen y destapábamos la enorme vinculación de la conquista y evangelización de América, y la Carrera de Indias, con Utrera. No perdamos de vista que la celebración de acontecimientos conmemorativos es siempre un buen motivo para poder difundir la historia.
Hoy, una década después, aquel quinto centenario continúa siendo el evento cultural y religioso más importante que se ha celebrado en todos estos años, pero de largo. Los actos calaron y resultaron del agrado de todos los estamentos y colectivos de la localidad. Era palpable el grado de satisfacción en el enorme clamor y respaldo popular que recibieron la práctica totalidad de sus actividades, testimoniado así por la presencia masiva del pueblo en la calle. Día a día, se disfrutó jubilosamente de una auténtica fiesta que se extendió a lo largo de un año. Utrera se sentía orgullosa de sus tradiciones, de su amplio patrimonio artístico y de su dilatada y amplia historia.
Y como toda celebración, llegó su final y tuvo que clausurarse. No obstante, lo que jamás habíamos llegado a imaginar es que el Ayuntamiento iba a terminar despreciando todas las consecuciones que llegó a cosechar aquella ingeniosa oficina del V Centenario, abierta en la Casa de la Cultura en el transcurso de los fastos conmemorativos. Que iba a inutilizarse toda la infraestructura logística reunida, a desprenderse de la impresionante agenda de contactos que poseía, a desarticular la amplia red de contactos entretejida con tantas oficinas episcopales y del sector cultural y turístico de casi todas las provincias españolas, que dejaría de mirarse en el espejo del gran proyecto cultural y turístico diseñado por su sabio comisario (que Utrera viene reclamando, y necesita ya, desde hace varios años). No se le supo dar continuidad.
Pero lo realmente preocupante es que la Administración local haya venido relativizando el referente de Consolación, hasta conseguir destronarlo como eje principal de los proyectos culturales y turísticos de la localidad. No sabe apoyarse en el esplendor de aquella Utrera del Siglo de Oro, que contó con uno de los fenómenos de piedad popular que mayor incidencia han proyectado en la formación de la cultura de Andalucía. 
No quiere nutrirse de la pluralidad cosmopolita que caracterizó a un vecindario de razas y nacionalidades diversas, ni admite la indiscutible vocación americanista de aquella gran agrovilla que fue Utrera en el camino terrestre alternativo al río Guadalquivir que comunicaba la gran Sevilla con los puertos gaditanos. Ahora que han pasado muy pocos años de tu pregón, querido Salvador de Quinta, la historia de la Virgen ya no parece ser la del pueblo. Están empeñados, y mira que son pesados, en anteponer unos reclamos y productos de laboratorio que, curiosamente, llegaron a Utrera gracias a tu Virgen de Consolación.

sábado, 4 de febrero de 2017

“Exequias fúnebres celebradas por la Hermandad de la Corona de Espinas en honor del VIII Duque de Osuna (La Puebla de Cazalla, 1787)”.

“Exequias fúnebres celebradas por la Hermandad de la Corona de Espinas
en honor del VIII Duque de Osuna (La Puebla de Cazalla, 1787)”.

Francisco Javier Gutiérrez Núñez - 
(IES López de Arenas, Marchena)

en 
Boletín de la Hermandad del Santo Entierro y
Ntra. Sra. de los Dolores de La Puebla de Cazalla 
(Febrero 2017).




1.- La memoria compartida.
En los meses de marzo y abril de 1787 se generalizaron las rogativas por el restablecimiento de la salud de Pedro Zoilo Téllez Girón y Pérez de Guzmán (1728-1787), VIII Duque de Osuna, en las villas de su estado andaluz. Aún se realizaban cuando falleció el 1 de abril, siendo depositado su cadáver al día siguiente en la bóveda de la capilla de Nuestra Señora de la Soledad, del convento de la Victoria, de los Padres Mínimos (Madrid). Un depósito momentáneo, porque la morada definitiva del finado tenía que ser el Panteón ducal de la Colegiata de Osuna, como así fue en el año 1849.

La noticia de su fallecimiento llegaría a las villas de su Estado de Andalucía, en distintos momentos de los meses de abril y mayo de 1787. Para dar a conocer la desdichada misiva entre sus vecinos, tocaron a duelo las campanas de las iglesias parroquiales, conventos y ermitas. A los pocos días se realizaron distintas exequias y honras fúnebres en sufragio de su alma, quedando constancia al menos de las realizadas en Archidona y sus aldeas (Málaga), en Arahal y La Puebla de Cazalla.
Celebraciones que tuvieron por objetivo “glorificar” al linaje Téllez Girón, y hacer partícipe al tejido social de la población del reconocimiento y confirmación de la autoridad señorial: el Señorausente”, de esta forma se hacía “presente”. En este contexto debemos situar las exequias, que se celebraron el 29 de julio de 1787 en la iglesia parroquial de Ntra. Sra. de las Virtudes (La Puebla de Cazalla). 
Fueron organizadas por la Hermandad de la Corona de Espinas y Siervos de María Santísima de los Dolores, Congregación del Pecado Mortal. No tenemos más datos si celebraron otras similares en el Convento de la Victoria o en la ermita de San José.

2.- La Hermandad de la Corona de Espinas y el VIII Duque de Osuna.
En la documentación se conservan 4 cartas remitidas por la Hermandad a D. Pedro de Alcántara Téllez Girón, IX Duque de Osuna. La primera de ellas se fecha en La Puebla el 17 de mayo de 1787, dándole el pésame por la muerte de su padre y anunciándole que realizarían exequias fúnebres por su alma. La misma recibió contestación ducal por otra datada en Aranjuez el 31 de mayo.
La segunda y tercera se fechan en La Puebla el 30 de julio de 1787, confirmando que el 27 de dicho mes, se habían ya celebrado con asistencia de la Comunidad de los Padres Mínimos y distintos particulares, entre ellos el Corregidor; pero sin la presencia de la Corporación Municipal al no haber sido invitada por éste. La Hermandad molesta por éste hecho informó de ello al nuevo Duque. 
Antes de llegar a Madrid, la carta tuvo que pasar por las manos de D. Antonio Domingo Gómez Ayllon, Gobernador del Estado de Osuna, el cual en el margen de una de ellas hizo una anotación (26 de septiembre); argumentando que la queja de la Hermandad no tenía fundamento, pues el Corregidor se disculpó al estar ausentes la mayoría de capitulares de la localidad, por ser época de labores agrícolas y estar muchos de ellos fuera de ella.
Posiblemente fue un hecho casual, o bien pudiera ser un acto de aislamiento premeditado por los capitulares hacia la joven hermandad, al pertenecer muchos de los capitulares a las antiguas cofradías de la Vera Cruz, Jesús Nazareno y Santo Entierro (ésta ya casi extinguida).
La cuarta carta se fecha en La Puebla el 7 de enero de 1788, anunciando la remisión de una copia del sermón predicado por fray Francisco Alvarado el día de las exequias, el cual se recoge íntegramente en el legajo. Quizás pueda ser uno de los pocos manuscritos, de su propio puño y letra, que se conserven de él. A ella también contestó el Duque, por otra fechada en Madrid el 17 de enero.
En las cartas se recogen las firmas de la Junta de gobierno de la Hermandad, gracias a las cuáles conocemos quiénes estaban al frente de la corporación religiosa en 1787: D. Juan José Asencio (Presbítero, Mayordomo), Bartolomé Gallegos (Diputado), Gabriel Pizarro (Celador), Pedro Gil (Diputado), Manuel de Yustas (Diputado), D. Antonio José Asencio (Secretario). En la carta de enero de 1788, hay un pequeño cambio, pues hay una par de novedades, al aparecer D. Francisco Benjumea como nuevo Mayordomo, y D. Juan José Asencio como Capellán.
Lo cierto es que si la Hermandad de la Corona de Espinas asumió el gasto tuvo que ser por algún motivo aún por descubrir. Pudo ver en la celebración de las exequias, una oportunidad para darse a conocer y cobrar cierto protagonismo. Además podemos lanzar algunas hipótesis de trabajo. Como corporación se fundó el 14 de mayo de 1731, en el altar del Cristo de las Aguas (iglesia parroquial). Por tanto podemos decir que al menos cronológicamente, Hermandad y Duque llevaron “vidas paralelas”, pues los primeros 50 años de vida de la corporación servita coincidió con el mandato de Pedro Zoilo como VIII Duque de Osuna (1733-1787).
Quizás en algún momento de este periodo recibió algún favor del Duque, posiblemente su mediación epistolar e influencia ante alguna autoridad civil y eclesiástica, en un momento, en el cual necesitaba consolidarse como corporación religiosa. Una idea que puede tener aún mayor viabilidad, si tenemos en cuenta que tan sólo unos años antes; la Sala Primera de Gobierno del Real y Supremo Consejo de Castilla, había aprobado sus primeras reglas, el 25 de junio de 1782. Otra posibilidad, quizás más remota es que recibiera algún obsequio o regalo procedente de su mecenazgo, que terminaría engrosando los bienes de la hermandad.
Encargó la predicación a fray Francisco de Alvarado, que como otros muchos predicadores desplegaría su pedagogía de la palabra loando al jefe de la Casa Ducal, como “padre” y “prohombre” que cuidaba del bienestar y felicidad de sus vasallos. El sermón lo comenzó diciendo: “Su memoria es inmortal, porque ella ha sido adepta a Dios, y gloriosa delante de los hombres” (“Inmortalis est memoria illius, quia apud Deum nota est, et apud homine”).
Un hombre piadoso, que había dedicado su vida a Religión y la Patria, cuyos mayores títulos habían sido los de "Duque limosnero, el Padre de los pobres, el bienhechor de los afligidos, el recurso de la viuda, del huérfano y desamparado". Hay que recordar que el Duque, en su testamento deseaba que se dijeran 6.000 misas por su alma.
Según Alvarado había logrado mantener en pie las iglesias y ermitas de villas y aldeas de su Estado de Osuna, y dotarlas de eclesiásticos que ejercieran su ministerio espiritual. Como curiosidad, cita que hubo un robo de unas lámparas de plata en la Iglesia de Nuestra Señora de las Virtudes (aunque no precisa el año), y que el propio Duque costeó su reposición, por otras de oro. En la segunda parte del sermón destacó los logros en el gobierno de sus estados, su mecenazgo sobre la Universidad de Osuna y el fomento en ellos de la agricultura y la “industria”. También resaltó su faceta militar al servicio real. Recordemos que llegó a ser Coronel y Director General de las Reales Guardias de Infantería Española.

3.- El Padre Alvarado.
Fray Francisco Alvarado (25.IV.1756 –31.VIII.1814), se formó en el Colegio de los jesuitas de su villa natal de Marchena, hasta la expulsión de éstos en el año 1766. Entonces tuvo que contactar con la comunidad dominica del convento de San Pedro Mártir, que seguramente lo encauzaron para que con 15 años ingresara en el convento dominico de San Pablo (Sevilla), donde adquirió una sólida formación escolástica y teológica. Lo dejó en el año 1778 para continuar su formación en el también Colegio dominico de Santo Tomás de Aquino (Sevilla), donde se superó el examen de Lector en el año 1780, pasando a impartir Teología en él.
Sabemos que en el año 1786 se desplazó al Arahal, para descansar y recuperarse de sus achaques y dolencias, y que no regresó al Colegio dominico hasta finales de 1787. Por tanto aprovechando ésta circunstancia, y la cercanía a La Puebla, es lo que llevaría a la Hermandad de la Corona de Espinas a solicitarle en julio de 1787, la predicación en las exequias del Duque.
Tras su vuelta a Sevilla, siguió como docente en los conventos dominicos, llegando a ser nombrado Subprior, Maestro de Teología (1805), Juez y Examinador Sinodal de Arzobispado de Sevilla y de Calificador del Santo Oficio de la Inquisición (1809). Además ejercería como predicador en la Cuaresma previa a la Semana Santa sevillana.
Alvarado realmente alcanzó fama y reconocimiento, con motivo de la Guerra de la Independencia. Cuando entran las tropas napoleónicas en Sevilla, a finales de enero de 1810, se exilia a Tavira (Algarve, Portugal). Desde allí desarrolla la mayor parte de su obra, que fue fundamentalmente de carácter epistolar, como sus Cartas Inéditas o sus Cartas Críticas del Filósofo Rancio, pseudónimo con las cuáles fueron llevadas a la imprenta, y que le acompañaría el resto de sus días, a pesar de no renegar de él. En ellas incluye citas cervantinas vinculadas sobre todo a Sancho Panza, así como cuentos, facecias, relatos jocosos, fábulas, dichos burlescos, hablillas y anécdotas de corte popular, que (…) maneja con asombrosa soltura”.
Su ideario fue de un marcado carácter absolutista y tradicionalista, beligerante con los ideales del jansenismo y de los diputados liberales de las Cortes de Cádiz (1810-1814), y sale en defensa de las Órdenes regulares frente a la crítica de los ilustrados. Para la historiografía  fue un hombre dotado de una cultura amplia y conocedor de la sociedad de la época (…) tomó la pluma para denunciar la existencia, tras la fachada patriótica y reformista de las Cortes extraordinarias, de una maniobra revolucionaria de amplio alcance, destinada a subvertir el orden tradicional en España”.

Imagen 1.- Oración fúnebre que en la Iglesia Parroquial (…). Archivo Histórico Nacional – Sección Nobleza (Toledo). “Fondo Osuna”. Caja 3433.
Imagen 2.- Firmas de la Junta de gobierno de la Hermandad de la Corona de Espinas. Carta fechada en La Puebla de Cazalla a 7 de enero de 1788.
Imagen 3.- Retrato de Fray Francisco Alvarado, más conocido como el "Filósofo Rancio". Fuente: Cartas Críticas, Tomo 1 (Madrid 1824).


4.- Fuentes.

4.1.- Archivística.

  • ·        Archivo Histórico Nacional – Sección Nobleza (Toledo). “Fondo Osuna”. Caja 29. Documentos 12-14 y Caja 3433. Documentos 43 al 69.


4.2.- Bibliografía.

  • ·    ATIENZA HERNÁNDEZ, Ignacio: "La construcción de lo real. Genealogía, Casa, Linaje y Ciudad: Una determinada relación de parentesco", en CASEY, James; HERNÁNDEZ FRANCO, Juan (editores): Familia, parentesco y linaje: Congreso Internacional Historia de la Familia. Nuevas perspectivas sobre la sociedad europea. Seminario Familia y Élite de Poder en el Reino de Murcia. Siglos XV-XIX, Murcia 1997, pp. 41-59.
  • ·      CABELLO NÚÑEZ, José: “Las cofradías de La Puebla de Cazalla, sus primitivas reglas: siglos XVI-XIX”, La Puebla de Cazalla: Hermandad del Santísimo Cristo de la Veracruz y Mª Santísima del Mayor Dolor en su Soledad, 1999.
  • ·      GAMBRA, Andrés: “La publicística antigaditana (1810-1814): el Filósofo Rancio”, en Anuario de Historia del Derecho Español, Tomo LXXXIV (2014), pp. 647-696.
  • ·      GUTIÉRREZ NÚÑEZ, Francisco Javier: "Pedro Zoilo (VIII Duque de Osuna)", en VV. AA.: Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, Tomo XLVII (Solé i Sabarís – Tolosa Latour), Madrid 2013, pp. 743-744.



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lunes, 30 de enero de 2017

Conferencias enero - febrero 2017. D. José Gámez Martín


Conferencia nº 1.- San Isidoro, Doctor de las Españas. Conferencia a cargo de D. José Gámez Martín. Lunes, 30 de enero de 2017. A las 18.00. Lugar: Círculo Merncantil (calle Sierpes, 65). Organiza: Curso de Temas Sevillanos.


  
Conferencia 2.- El Vía Crucis a la Cruz del Campo. Liturgia, Historia y Devoción. Conferencia a cargo de D. José Gámez Martín, el viernes 17 de febrero de 2017. Salón de Actos de la Hdad. de la Hiniesta. 20 horas. Organiza: Hdad. de la Hiniesta (Sevilla).






Conferencia nº 3.- San Juan de Ribera. Una Gloria de Sevilla. Conferencia a cargo de D. José Gámez Martín. Martes 21 de febrero, 18.00 horas. Lugar: Casino Militar de Sevilla (calle Sierpes). Organiza: Curso de Temas Sevillanos

jueves, 19 de enero de 2017

CURSO XII (2006) y CURSO XIII (2007). El Franciscanismo en Andalucía.

CURSO XII (2006)

Manuel PELÁEZ DEL ROSAL (dirección y edición):

XII Curso de Verano. El Franciscanismo en Andalucía. 

Pasado y Presente de las Cofradías y Hermandades franciscanas andaluzas, 



Carpeta principal (PdF):


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ÍNDICE
(pinchando sobre el título se accede al Pdf de cada artículo)


0. Presentación, por Manuel Peláez del Rosal, pp. 7-11.
  1. Elena Bellido Vela: Iconografía franciscana en José Garnelo: vanguardia y tradición, pp. 15-40.
  2. María Josefa Caro QuesadaNuevos datos sobre el retablo mayor del convento de los Terceros de Sevilla, 41-54.
  3. María Josefa Caro Quesada: Un taller de escultura vinculado a las cofradías franciscanas: los Barahona, pp. 55-64.
  4. Alicia Carrillo Calderero: El convento de Santa Clara de la Columna de Belalcázar (Córdoba) en la Crónica del P. Guadalupe: La pervivencia de una fundación franciscana en el siglo XXI, pp. 65-80.
  5. Gloria Centeno Carnero: San Benito de Palermo en Sevilla: en la Hermandad de los Negritos y en la alegoría de Lucas Valdés, pp. 81-96.
  6. Natalia Pérez-Aínsua Méndez: Lectura iconográfica de un grabado conmemorativo de la Bula Sollicitudo omnium ecclesiarum de Alejandro VII, pp. 97-102.
  7. María del Amor Rodríguez Miranda: Bienes de la Hermandad de Nuestra Señora de la Aurora y San Francisco Solano de Montilla (Córdoba), pp. 103-114.
  8. María del Amor Rodríguez Miranda: Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia y Nuestra Señora de la Caridad de Montilla (Córdoba), pp. 115-124.
  9. Ricardo del Olmo López, ofmcap: El arte en la iglesia del convento capuchino del Santo Ángel de Córdoba, pp. 125-150.
  10. María Isabel García de la Puerta López: Bienes de las cofradías franciscanas prieguenses según el catastro de Ensenada, pp. 153-156.
  11. Antonio Gil Albarracín: Piedad franciscana y dotaciones conventuales: el testamento de doña Mencía Fajardo, pp. 157-190.
  12. Antonio Gil Albarracín: Cofradías franciscanas almeriensespp. 191-208.
  13. Manuel Morales Morales: Cofradías y devociones de los conventos franciscanos de Villaverde del Río y Cantillana(Sevilla), pp. 209-224.
  14. María Antonia Moreno Flores: Las cofradías modernas con sede en el templo de Nuestro Señor San Francisco de Ayamonte, pp. 225-234.
  15. Antonio Moreno Hurtado: Las cofradías franciscanas egabrenses, pp. 235-248.
  16. Luis Fernando Palma Robles: Los franciscanos descalzos del convento lucentino del Valle hasta el siglo XIX, pp. 249-262.
  17. Manuel Peláez del Rosal: Estatutos de la desaparecida hermandad franciscana del Buen Pastor de Priego de Córdoba, pp. 263-278.
  18. Carlos José Romero Mensaque: El estilo de santidad en la Sevilla de comienzos del XVII y la caridad heróica del hermano tercero franciscano Andrés de Medina, pp. 279-290.
  19. Carlos José Romero Mensaque: Hermandades y religiosidad en el convento Casa Grande de San Francisco de Sevilla durante el siglo XVIII. Tres ejemplos del ámbito extratemplario, pp. 291-300.
  20. M.ª Teresa Ruiz Barrera: Aproximación al estudio del pasado histórico de una hermandad actual: la V.O.T del convento de San Pedro Alcántara de Sevilla, pp. 301-320.
  21. Karen María Vilacoba Ramos, Ana Sanz de Bremond Mayáns y María Teresa Muñoz Serrulla: Piedad y devoción en la Edad Moderna: la Congregación de Nuestra Señora del Milagro y la Hermandad de Nuestra Señora del Monte de Piedad, pp. 321-360.
  22. Francisco Tubío Adame: Las primeras hermandades en las Nuevas Poblaciones, pp. 361-366.
  23. Manuel Villegas Ruiz: El convento de los franciscanos descalzos de Albuñuelas, según una crónica latina inédita del siglo XVIII, pp. 367-382.
  24. Manuel Villegas Ruiz: La segregación de la provincia franciscana descalza de San Pedro de Alcántara de la de San Juan Bautista, según una crónica inédita del siglo XVIII (1), pp. 383-396.
  25. Manuel Villegas Ruiz: El Convento franciscano descalzo de Málaga, según una crónica inédita del siglo XVIII (1), pp. 397-412.
  26. Hermenegildo Zamora Jambrina: Curioso suceso acaecido a la cofradía de la Inmaculada Concepción de Lucena en la procesión de su patrona el año 1773, pp. 413-420.
  27. Agustín Boadas Llavat: El Beato Ramón Llull, un franciscano seglar, pp. 423-436.
  28. Isidro Díaz Jiménez: Fiestas en el antiguo convento de la Orden Tercera de Sevilla por la proclamación del patronato de la Inmaculada (1761), pp. 437-446.
  29. Isidro Díaz Jiménez: Celebraciones en hermandades y cofradías vinculadas al franciscanismo durante el siglo XVIII en Sevilla, pp. 447-456.
  30. Miguel Donate Salcedo: Estatutos de las cofradías y hermandades franciscanas andaluzas, pp. 457-462.
  31. Juan Antonio del Río Cabrera: La leyenda del hallazgo y el Libro de Milagros de Caños Santos, pp. 463-480.
  32. M.ª del Sol Salcedo Morilla: Gastronomíacuartelera pontanesa, pp. 481-484.

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CURSO XIII (2007)

Manuel PELÁEZ DEL ROSAL (dirección y edición):

XIII Curso de Verano. El Franciscanismo en Andalucía. 

Exclaustración y Desamortización de los conventos franciscanos andaluces, AHEF, Córdoba 2008.



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ÍNDICE
(pinchando sobre el título se accede al Pdf de cada artículo)

0. Manuel Peláez del RosalPresentación, pp. 7-10.
  1. Alicia Carrillo Calderero: La desamortización de los conventos franciscanos en la provincia de los Ángelespp. 11-28.
  2. Vicente Pascual Carrión ÍñíguezExclaustración y desamortización de los conventos franciscanos de la provincia de Albacete, pertenecientes a la custodia de San Pascual Bailón del Reino de Murciapp. 29-40.
  3. Antonio Gil Albarracín: Las desamortizaciones en el patrimonio franciscano almeriense: pasado y presente, pp. 41-106.
  4. Julián Hurtado de Molina Delgado: La desamortización del antiguo convento cordobés de franciscanos recoletos de la Arruzafa, pp.107-110.
  5. Isabel Martínez Laguna, Antonio Valiente RomeroLa V.O.T. entre dos siglos: La Hermandad de Capuchinos de Sevilla, pp. 111-136.
  6. Manuel Morales Morales: La exclaustración de los conventos franciscanos de Aguas Santas de Villaverde del Río y de San Francisco de Cantillana (Sevilla), pp. 137-152.
  7. Antonio Moreno Hurtado: La exclaustración de los conventos egabrenses, pp. 153-174.
  8. Mª Teresa Muñoz Serrulla, Karen Mª Vilacoba Ramos y Ana Sanz de Bremond Mayáns:  Descalzas Reales de Madrid, 1931-1945: Crónica de una exclaustración y recuperación de la fundación realpp. 175-196.
  9. Luis Fernando Palma Robles: El convento de franciscanos descalzos de Lucena en el siglo XIX: Exclaustraciones y usos (1803-1871), pp. 197-212.
  10. Manuel Peláez del Rosal: La exclaustración de los religiosos del convento de San Francisco de Priego de Córdoba, pp. 213-226.
  11. Manuel Antonio Ramos Suárez: La dispersión del patrimonio mueble del convento de San Francisco de Marchenapp. 227-246.
  12. M.ª Teresa Ruiz Barrera: Pérdidas y recuperaciones. Un inventario de 1868 de la iglesia conventual de San Antonio de Padua de Sevilla, pp. 247-260.
  13. Francisco Tubío Adame: La desamortización del convento de San Francisco y demás conventos de Écija, pp. 261-280.
  14. Elena Bellido Vela: El arco de San Lorenzo de la ciudad de Montilla: Análisis de sus elementos artísticos y ejemplo de mecenazgo renacentista, pp. 281-302.
  15. Agustín Boadas Llavat: Limade la verdad contra el orín de la calumnia. Apuntes para una historia delescotismo en la península ibérica, pp. 303-314.
  16. Salvador Cabot Rosselló: SantaIsabel penitente franciscana, fundadora de una comunidad religiosa, pp. 315-346.
  17. Gloria Centeno Carnero: Fray Juan de San Buenaventura y su labor en Andalucía, Tierra Santa y Áfricapp. 347-360.
  18. Antonio Cruz Casado: Santa Isabel de Hungría (1207-1231) en Los Terceros de San Francisco, una comedia franciscana de Lope de Vega y Juan Pérez de Montalbán, pp. 361-374.
  19. Antonio Cruz Casado: Santa Isabel de Portugal: Reina y franciscana (Reflejos literarios hispánicos: Ribadeneyra, Paravicino, Rojas Zorrilla), pp. 375-388.
  20. Isidro Díaz Jiménez: Fray Jose Cordero, un fraile del convento Casa Grande de San Francisco de Sevilla, pp. 389-400.
  21. María Isabel García de la Puerta López: La población franciscana del convento de San Pedro el Real de Córdoba en 1803, pp. 401-404.
  22. Fernando Leiva Briones: Presencia franciscana en Fuente-Tójar según el archivo parroquial, pp. 405-420.
  23. María del Sol Salcedo Morilla: El desayuno molinero, pp. 421-430.
  24. Ana Sanz de Bremond Mayáns y Karen María Vilacoba Ramos: Catalina de Inglaterra de la Tercera Orden de San Francisco vista por un observante franciscano, pp. 431-448.
  25. Felipe Serrano Estrella: Franciscanismo y cofradías. El monasterio de Santa Ana en Jaénpp. 449-460.
  26. Manuel Villegas Ruiz: El convento franciscano descalzo de Málaga, según un crónica latina inédita del siglo XVIII, pp. 461-474.
  27. Hermenegildo Zamora Jambrina: Vida novelesca del franciscano fray Juan Espinalpp. 475-500.